El norte o la dirección del viento, 2022
Di Gallery, Sevilla

Restos, reliquias

Casco de nubes en medio del vendaval. Entonces ¡PLOF!, al agua, y empieza la vida. Al menos esta vida. Porque vidas hay muchas y muy distintas, casi tantas como verdes hay en el mar.

Verde alga. Verde fango. Verde muerto y verde vida, vida que acaba y empieza—tú tenías una vida antes, ¿te acuerdas? No, claro que no. Pero la tenías. Una vida y un propósito, una función. Función, espectáculo, teatro; interpretabas un papel. La función era la vida y tu función era taladrar, o sostener, o serrar. Hacías tum-tum. Hacías clac-clac. Chirriabas y engrasabas, abollabas e indicabas el norte; la dirección del viento.

¿Se puede decir que lo añoras, si ni siquiera te acuerdas? No tienes memoria, pero en tu espinazo sientes el fantasma de ese trabajo, los ciclos y simulacros, los días y noches de constante repetición. Qué dulce era aquello, y qué despropósito esto, este viento cansino, las bofetadas del agua que retumban en tu interior.

Se acabó la función. Esta es tu vida ahora. Este manto verdeazul, verdelimbo, verde deriva. No es tan distinto, en realidad. La deriva es el revés del propósito; aquí no queda más remedio que flotar, así que flotas. Flotar es existir, ¿o tal vez sea al revés? Tampoco es importante; el orden del factor no altera el producto. Lo importante es que la función se ha acabado. Ahora la vida es flotar.

¿Hace cuánto de eso? Podría ser un siglo o un santiamén. A ti te parece que fuera ayer, pero todos los días te parecen ayer. El tiempo ha perdido su sentido, aunque en realidad nunca lo tuvo para ti. Antes el tiempo eran golpes, bucles y circuitos, ahora lo cuentas en océanos, en cielos, esperas llegar a tu destino dentro de diez o doce tormentas, dentro de tres horizontes y un mar.

Llevas un rumbo —¿hacia dónde?, ¿hacia qué?—, una ruta marcada por estricto azar. Tal vez exista una manera de leer el trayecto en el enredo de las corrientes, una hoja de ruta para todo este sindiós. Tal vez si persigues esas olas que huyen corriendo, más y más lejos, siempre alejándose hacia algún más allá.

En alguna parte hay un lecho de arena suave, dispuesto a tu justa medida. Es allí donde vas. Persigues la promesa de otra vida. Sueñas con ella y esperas. Esperas porque no hay manera de saber con certeza. ¿Cuánta distancia separa la espera de la esperanza? ¿Cuántos mares? ¿Cuántas mañanas? ¿De verdad son sólo tres letras?

No lo sabes. No sabes nada. ¿Qué ibas tú a saber, si no eres más que una pieza hueca, empapada de agua? Eres escombros, eres ruinas, eres un bloque inerte sin razón de ser. No puedes ni imaginar hasta qué punto es inmensa la mortaja que te envuelve. Las olas te llevan a cuestas, adonde dicte el capricho del viento. Es incierto, el viento, como todo en este limbo. Hoy sopla de aquí, mañana vendrá de allá; la única constante es el lento arrastrarse del sol, la degradación en los colores del cielo. A veces todo amanece teñido de gris.

El Niño y la Niña juegan a perseguirse. Miles de crestas blancas corretean nerviosas, vagan hacia ninguna y todas partes mientras tú te revuelcas en la espuma. Respiras sal, escupes sal y tragas sal, la sal te envuelve y se hace piel, te arropa, a su manera. Luego permaneces inmóvil durante estaciones enteras de calma chicha.

A tu alrededor ves familias de sardinas saltando, mareas de medusas persiguiendo el calor del sol; ves charcas y charcas de alquitrán. Debajo, los atunes arriman sus morros para lamerte el costado—¿qué harías sin sus enormes ojos vacíos? Arriba, en la cúpula tuerta del cielo, ves el sol, ves las estrellas y los pájaros, que a veces bajan para picotearte la piel. Amanece despejado o salpicado de nubes, nubes con forma de perno, de zarzal, las ves formarse y deshacerse y formarse otra vez.

Una vez viste cómo un nubarrón oscuro alcanzaba a un pelícano en pleno vuelo. ¡ZAS!, en mitad de los ojos, y el pájaro cayó, ¡CHOF! sobre el agua. Ahí quedó, chamuscado y tieso, igualito que tú. El pelícano se convirtió en tu hermano, tu compañero en la larga marcha—esperas que le vaya bien.

Todo cambia para no cambiar nada  2022 
Escultura: Acero inoxidable y madera, 125 x 90 x 4 cm

Esperas, esperas, esperas. Y siguen los días, sigue la marcha; ni siquiera te diste cuenta de cuándo empezó. Fue como despertar de un sueño, o al revés; como caer en uno muy profundo. Tan profundo como el abismo que tienes debajo. Aquí la vigilia se come al sueño y viceversa, todo da vueltas y vueltas y vueltas, ¿es el mundo, o eres tú?

Tú atraviesas la humedad y ella, a cambio, te atraviesa a ti—aunque la humedad es más lenta, más paciente, más perversa. Debes tener cuidado. Si tragas demasiada, pesarás y te hundirás en el verde insondable, el verde agujero, verde abisal. Es tramposa la humedad, te empapa el cerno y tira de tu tripa hinchada, hacia abajo, un peso más grande que cien anclas de plomo.

Sería fácil ceder. Muchos lo hacen. Se rinden y hunden despacio, haciendo gluglú. Pobrecillos. Ellos no tienen la culpa. No eran del material adecuado y se hincharon de agua, se hicieron pesados. A veces los imaginas, retozando en la profundidad.

Algo parecido debe ser la muerte, supones, aunque tú no la conocerás jamás. Tú sólo conocerás el desgaste, del viento y la sal, que moldean tu forma, muelen el tiempo sobre tus hombros y te transforman en otra cosa, algo que no eras cuando tu viaje comenzó.

Sigue el flagelo de la luz, que cansa, que quema, que seca. Siguen el viento y el zum-zum de las olas, el zum-zum de los mares y truenos. Braman los verdes del agua mientras atraviesas estaciones y puntos cardinales: norte, sursuroeste, noreste, sur. En los bordes de las costas ves cómo crecen los puertos y los astilleros y los muelles, son manchas de luces y de ellas se desprenden otros como tú, tu familia de restos huérfanos. Hay decenas, hay centenares, se unen a ti, a la gran migración de los restos, los despojos, las reliquias.

Ves maniobrar a las naves de recreo y barcas de pesca, sus luces bailando en la oscuridad. Quieres hacer piruetas como las suyas, cabriolear con la gracia de los veleros y las lanchas, librarte de tus ataduras; quieres ser más que esto que eres. Pero cuando intentas replicar sus movimientos, descubres que no eres capaz. Tu cuerpo es preso de la marea. Del vaivén. Del venivá.

Cruzas piélagos, borrascas, galernas y cuerpos celestes. Te enredas en marañas de sargazos que huelen como intestinos, las algas te abrazan y se suben a tu chepa, te crecen moluscos sobre llagas oxidadas. Chocas contra pilares de hormigón, te embisten naves de acero, haces CHOF, CRAS, PLOF, y varas en un arrecife; te astillas, te oxidas, te pudres y deshaces en mil pedazos. Tu forma cede, pero la médula aguanta.

Se desgasta el tiempo, también. Eso es un consuelo, pensar que igual hay algo allí, al otro lado de la cáscara pelada del tiempo. Que tu meta queda sólo un poco más allá, justo detrás de ese horizonte, no, del siguiente, bueno, sólo uno más. Cualquier horizonte podría ser el último horizonte, o el primero, en realidad. Es mejor no darle demasiadas vueltas.

Pero las das. ¿Qué ibas a hacer, si no? Das vueltas y vueltas; vueltas sin parar. Algunos marinos te avistan de lejos. Te confunden con un espejismo, un tesoro o un mal presagio. Ves cómo te miran, cómo se santiguan con manos arrugadas y se encomiendan a las patronas del mar.

Has soñado con manos como esas. Un par de manos rugosas que te alzan para verte brillar bajo el sol. Sueñas siempre. Con ese momento en que acabe la marcha, el limbo, el mecerse sin fin. Y a veces desesperas, claro. Porque parece que nunca llega, que no acaba esta pegajosa tregua que nadie recuerda cuándo empezó, porque no hay memoria donde quepa tanta deriva.

Pero acabará. Tiene que acabar, sí, lo intuyes. Te lo dice tu tripa llena de sal. Te lo dicen los atunes con su diminuta boca de beso: en algún momento, necesariamente, esto acabará. Y cuando llegue ese día, tú, irreconocible, tocarás tierra firme. Te acurrucarás en tu nicho de arena, tu reposo final, y seguirás esperando a las manos, a la vida que viene, que empieza otra vez; otro final y otro principio, otra nueva función.

No hay por qué impacientarse. Sólo faltan diez o quince mares para llegar.

Luis de Pedro

Donde sopla el viento, 2022 
Escultura: Acero inoxidable, 42 x 2,5 x 56 cm

Grua de barco, 2022
Instalación: Acero, Nylon y resina, medidas variables

Ejercicio de arena III, (Juegos de resistencia), 2020
Escultura: Defensas de barco y cuerda de Nylon, medidas variables 

Estructura ondular, 2022
Escultura: Tramel y acero inoxidable, 10 x 14 x 19 cm

Ejercicio de arena II, (Juegos de resistencia), 2020
Escultura: Defensas de barco y cuerda de Nylon, medidas variables 

Tronco barado, 2022
Escultura: Tronco, tramel y acero inoxidable, medidas variables

Maniobras I, II, III, IV y V, 2022
Acrílico sobre papel Kraft azul, 41 x 41,5 cm unidad

Dibujos bocetos I, II 2019
Tinta sobre papel, 21 x 29 cm unidad

Ejercicio de arena I, (Juegos de resistencia) 2020
Escultura: Defensas de barco y cuerda de fibra natural, medidas variables